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Fiesta de la Sagrada Familia

 

Lc. 2,41-52:

            … A los tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que lo oían se quedaban asombrados…

Su madre le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Él les contestó: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron lo que les decía. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” 

 Estar en la casa de mi Padre”, es estar en sus cosas y en su causa, para el creyente estar en “la casa de Dios” es estar en el camino adecuado. 

“Estar en la casa de mi Padre”, es estar en su cercanía y trato frecuente; si no hay cercanía hay distancia, si no hay trato frecuente hay desinterés. 

Dios es Amor y, como todo amor, espera y desea a su vez saberse amado.

Si se mantiene la distancia y el trato se alarga, el amor se desvanece; para la entrega se necesita frecuencia y presencia en corta distancia. 

Pensar que se puede amar sin conocer y desde la lejanía es un puro sentimentalismo romántico, una ficción o una falsedad; y en relaciones superficiales es prudente no tomar decisiones definitivas. 

Dios es el sujeto de nuestro amor, de nuestra vocación,  sin Él no hay quien nos entienda. Por eso vivimos en su cercanía, cerca de sus asuntos, de sus cosas que son la causa de nuestros desvelos. 

Para Jesús, Dios es Padre, Madre y Familia a la vez;  entiende la familia consanguínea como una gracia a conquistar, lo que quiere decir que para Él la familia no es excluyente, sino inclusiva. 

La familia de Jesús la forman aquellos que tratan a Dios como Él lo trata, como un Padre y, en consecuencia, se saben hermanos de todos.
Por eso su concepto de familia es inclusiva y no excluyente. 

Para un cristiano, la familia la formamos todos los que vivimos a Dios,  nos tratamos como tratamos a Dios y como Dios nos trata. Es inclusiva. 

Ni a Dios ni a la familia se les puede tener nunca a título de inventario;  hay que merecerlos, son una conquista  personal y diaria; es canalla acostumbrarse al amor que nos dan y al perdón que nos conceden.

Nunca hay que acostumbrarse ni al amor ni al perdón que nos tienen y dan.
Ambos, amor y perdón, hay que merecerlos y conquistarlos. 

 Dios es nuestra vocación, somos llamados por Él para ser y estar con Él, si le perdemos nos echamos a perder. Sus “cosas” son nuestras “causas”.

Nos definimos desde nuestras opciones y valores, desde nuestras “causas”. Las “causas”, lo que hacemos, dibujan nuestro nuestro autorretrato. 

Nuestra vocación y servicio pasa por “estar en casa del Padre”, por estar y permanecer en su casa hasta llegar a ser tratado como uno más de ella. ¿Debe ser Dios quien decida, mande y gobierne nuestras vidas? Pues ya sabemos quien forma nuestra familia. Todos. 

Si no es Él quien decide en nuestras vidas lo echaremos todo a perder, seremos incapaces de mantenernos en el servicio y entrega a los demás.

Romperemos con todo y con todos, con la familia consanguínea lo primero. 

Para que las relaciones interpersonales lleguen a ser relaciones de familia, la clave del éxito está en ser de Dios, en poner la vida en sus manos, dejar que sea Él quien nos gobierne: “Estar en su casa y en sus cosas” 

Estar en su casa y en sus cosas es fácil; permanecer no lo es tanto.   Ser fiel a una entrega de amor es duro, exige mucha ascesis.

Permanecer cerca de Dios mientras nos damos al hermano, y darnos al hermano estando cerca de Dios nos hace cristianos. 

Jesús a los doce años abrió un camino que luego nosotros,  con la gracia de Dios, descubrimos, recorremos y lo hacemos nuestro. 

Para Jesús y para cualquier cristiano la familia siempre es inclusiva, no se limita a los lazos de sangre, la forman todos aquellos que “son y están en la casa, en las cosas y en las causas del Padre”. 

Desde que Jesús dijo: “Mi madre y mis hermanos son  los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen por obra”, en su familia cabemos todos, podemos entrar y formarla todos. Los lazos de sangre cuentan poco, a la historia me remito, lo que cuenta es el amor, el servicio y el desinterés.

Acabo:
No nos acostumbremos al amor que nos tienen ni al perdón que nos dan.

 












































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