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Domingo de Ramos

Lc. 22, 14- 23,56

 “Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas”

 

Uno muere como vive, si es compasivo y vive apasionadamente su muerte será una pura pasión. Morirá de entrega, se desparramará. 

Si vive en la apatía y solo va a lo tuyo  morirá en el olvido; pocos llorarán por él. 

Jesús vivió apasionado, murió de pura pasión. Su muerte fue consecuencia de su modo de vivir apasionado. 

Jesús vivió identificado con Dios y con los necesitados, amó y sirvió con pasión a Dios en los necesitados; al dar su vida por unos, la dio por el “Otro”. 

Pasó haciendo el bien, facilitando la vida, procurando el bienestar y la felicidad de los que le rodeaban. Nos mostró así que Él es la forma visible de un Dios invisible que ama a sus criaturas. 

Dios es Amor y como todo amante quiere el bien del amado;  ningún amante puede soportar ver sufrir a su amado. 

Dios no puede querer nuestra muerte ni desgracia como tampoco pudo querer la muerte de Jesús, su muerte no le dio gloria alguna a su Padre. 

Dios no quiso la muerte de Jesús, su muerte fue detestable: lo que le glorificó fue su vida, su entrega y por eso aceptó su muerte. Jesús al entregar su vida nos rescató de la muerte y nos dio la salvación. 

Decir que Jesús murió cumpliendo la voluntad del Padre, es hacerle un flaco favor a Dios y un puente de plata a sus verdugos.

A Jesús lo mataron por lo que decía y hacía, por su forma de vivir.  

A Dios no le dan gloria ni honor los sacrificios ni las sangres derramadas; solo le honra la forma coherente que tienen los creyentes de vivir la fe. 

Para el creyente en Cristo, nada hay más sagrado que el bien y la felicidad del prójimo, pues el Maestro siempre antepuso el bienestar de los demás al suyo. Conclusión: No vale la pena vivir si no se tiene por quien morir. Amén. 

 












































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